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ADORACIÓN

La adoración según definición, consisten reverenciar a un ser con el mayor honor y respeto considerándolo como divino, y también honrar y reverenciar a Dios con el culto religioso que le es pedido. Esto encierra gran parte de verdad pero solamente el Señor Jesucristo nos enseña la verdadera adoración que el creyente ha de tributar a Dios y que lo manifestó en su entrevista con la mujer samaritana, haciendo ver que independientemente de elementos materiales, de lugares determinados o condición social, los hombres pueden elevar su corazón y rendir su culto a Dios en cualquier lugar y circunstancia, con tal que el corazón ejercitado y remontándose en vuelo sublime, busque la estrecha comunión con su Dios, en un verdadero y exclusivo ejercicio espiritual.


Cuando al Sahdu Sundar Sing, el gran cristiano hindú de tan profunda vida espiritual, un religioso le preguntó: «¿cuál cree usted que se el mejor método de trabajar y adorar?», le contestó: «Cualquiera que sea el método que usamos, lo principal es adorar a Dios en Espíritu y en Verdad. En el Oriente, cuando se va al lugar de adoración, la gente se descalza; y en el Oeste se quita el sombrero. Pero el espíritu y la verdad no depende ni de los zapatos ni de los sombreros ni de los pies ni de las cabezas sino de los corazones».


En cuanto al culto de adoración, Dios lo exige exclusivo para El, y vemos a través de las páginas de las Escrituras, que es celoso y no acepta que honores y alabanzas que revistan tal carácter, puedan ser tributados a otros seres o criaturas. El primer mandamiento del decálogo así lo pone de manifiesto. Lamentablemente los hombres y en particular el catolicismo romano, han desviado este culto y servido a Dios, canalizándolo a otros seres que en ciertos casos y lugares, casi monopolizan la atención de los religiosos, como en el caso de la virgen María; o bien; la adoración de la hostia, elemento material, lo que no coincide con la enseñanza de Cristo «en espíritu y en verdad».


Aparte de este aspecto de la adoración la vida del creyente debe constituir de por sí, una adoración práctica para con Dios, lo cual hemos ido viendo al analizar distintas fases del sacerdocio cristiano. Como su vida se ofrece a Dios en sacrificio vivo, ya es un racional culto agradable a Dios, pero además, sus prácticas propiamente religiosas, deben llevar a la adoración. Cuando en el hogar se tiene el culto familiar y se busca la primacía de Dios en el mismo, se le está honrando y adorando verdaderamente. Cuán necesario es pues, que esta costumbre se arraigue en todos los hogares cristianos.


En la iglesia, iglesia local en la cual se congregan los creyentes, las prácticas realizadas en la misma, deben conducir todas a la adoración. La oración, enderezada hacia Dios, la predicación que muestra al Dios de amor el ministerio de su Palabra que ensalza al Dios de la Biblia y la Cena del Señor, reunión en que por excelencia nos concentramos en el trino Dios obrando la salvación del hombre; en todas ellas hay y debe haber, motivo de adoración. No debemos pues, ni olvidar ni descuidar estos aspectos fundamentales del culto cristiano y en el cual todos por igual pueden adorar, en espíritu y en verdad, pero habremos de efectuarla con sincera humildad, reconociendo en todo ello, la soberana gracia de Dios para con nosotros inmerecedores de tal privilegio.


Cuando Jorge Adan Smith era joven, escaló una vez los Alpes. A pesar de los peligros, se sentía seguro porque estaba en las manos de dos guías, fuertes y expertos. Uno de ellos le precedía unos cuantos pasos y el otro venía detrás de él a una distancia muy corta. Cuando por fin hubieron escalado la montaña hasta muy cerca de la cima, el guía delantero pidió al joven que diera un paso hacia adelante para que contemplara la gloria del paisaje que desde esa altura podía apreciarse. Olvidando por el momento el viento huracanado que venía desde el lado opuesto de la cumbre, el joven se paró sobre el borde de un talto, pero el jefe de los guías lo bajó apresuradamente, exclamando: «De rodillas, señor, aquí usted no puede estar seguro sino sobre sus rodillas». En verdad, si queremos ascender a cumbre de adoración y comunión con Dios, debemos hacerlo humillados y de rodillas, pero solamente habremos de doblar nuestras rodillas ante el Dios eterno, y únicamente ante El.



Tomado de Pensamiento Cristiano, 1957.